Boccherini, la sonata para violoncello G 4 y el sexteto G 466.

La reutilización de una melodía a través de los años (o de alguna célula musical o estructura) era y es una práctica habitual como medida de reciclaje compositivo. Los más grandes lo hicieron, como es el caso Bach; encontramos reminiscencias de la maravillosa melodía del “Erbarme dich mein gott” de su Pasión según San Mateo en el tercer movimiento de su sonata en re mayor BWV 1028 para viola de gamba y clave, por poner un solo ejemplo de los muchos que se encuentran entre su extenso catálogo. Mozart, Haydn, Beethoven… Y por supuesto, Boccherini.


La sonata para violoncello en la mayor G .4 es quizás una de las más conocidas del violoncellista de Lucca. Seguramente es la sonata del siglo XVIII que todo alumno de violoncello de conservatorio ha tenido que tocar alguna vez, ya sea dedicado a la interpretación moderna o a lo que llamamos históricamente informada. Su segundo movimiento, un allegro extremadamente virtuosístico y agudo, típico de la música de violoncello de Boccherini podría considerarse un “hit”.


Casi toda la música con el violoncello como protagonista la compuso para tocarla él mismo antes de los 22 años, pero un repentino ataque de tisis en 1765 hizo que perdiera seguridad en su técnica y dejó de componer semejantes dificultades. Aunque desconocemos la fecha exacta de creación la sonatas G.4, suponemos que pertenecen a ese periodo de juventud. Sus sextetos para flauta y cuerdas fueron escritos en 1773, cinco años más tarde de su llegada a Madrid como músico de corte del infante Luis de Borbón.


Me gusta imaginar la situación de aquel momento. Un Boccherini con 30 años, echando la vista atrás, no pudiendo ya tocar al nivel que ostentaba 10 años atrás, echando de menos su Lucca natal pero a la vez componiendo nueva música para su nueva corte. Es en ese contexto cuando escribió sus sextetos op. 16 y sus quintetos op. 17, también con flauta. En el primer movimiento del último sexteto, Boccherini sitúa en la flauta la melodía de su sonata en la mayor, pero ésta vez en do mayor para la comodidad del instrumentista. Me parece significativo que la flauta, y no el violoncello, lleve esa melodía. La sonoridad es completamente diferente, incluso el acompañamiento y su desarrollo. Vemos claramente la evolución del compositor y podría considerarse como una revisión de su propia música elevada a la calidad de sexteto (vaya por delante lo diferente que es componer para violoncello y continuo que para seis instrumentos).



Por otro lado, dicho movimiento del sexteto necesita un tempo mucho más reposado que la sonata de violoncello. No se si todos los estilos musicales son tan descriptivos en su denominación como el que tan bien manejaba Boccherini, pero el sexteto G. 466 es el perfecto ejemplo de el estilo galante. Además, según la Real Academia de la Lengua Española, galante es un término que viene del francés y que significa " atento, cortés, obsequioso, en especial con las damas." Así es, efectivamente, la música de Luigi Rodolfo Boccherini.

© Guillermo Turina

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